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Quiero vivir del aire

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Imagen extraída del blog Certeza de mí (Javier Burbano)
Le corresponde a la vida pasar sin avisar, querer ser aire que se escape del alcance de los soñadores. Le corresponde dar y quitar el caramelo de la paz, arrebatar finales, buenos y malos, dejar vivir a las buenas intenciones o matarlas de un solo golpe. Sin embargo, nosotros, los que soñamos, los que dormimos la vida y despertamos en ilusiones, queremos ser aire que se escape del alcance de la vida, queremos escapar entre tanto cemento, sorber de la pajita de la ‘no necesidad’, ser valientes acobarándonos de nosotros mismos, y ser cobardes ante la valentía de los demás. A la vida le corresponde ser, sin más, y a nosotros nos corresponde decidir si vivirla o esquivarla, y ni cómo vivirla es más que un sinsentido añadido a la pena de lo incierto, ni esquivarla es darle la espalda al mundo, porque lo que nos corresponde es decidir, y eso es lo único que termina pesando, ya que el tiempo corre y nosotros nos incubamos en él, y los años pasan, y las decisiones pesan dentro de ellos.
Enviat per : Marina Morell
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Sonreír indefinidamente

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Imagen extraída del blog Carpe Diem (MJ)
Hubo un tiempo en el que me sentí fuera de lugar, sin saber exactamente cuando ni por qué razón, sin saber cuál era mi sitio. Supongo que a todos nos ha llegado ese día en el que pensamos que nunca seremos lo suficientemente buenos para los demás; y ese día, me tocó a mí.

Desde aquel día me planteé muchas metas, y muchas de ellas no se aguantaban por ningún lado. Pero hubo una que me marcó especialmente: sonreír a cualquier precio. Esa era la pieza que me llevaba faltando desde hacía tantísimo tiempo. Cuando lo comprendí, se me escapó una sonrisa. Esa meta era la única que funcionaba, podía cumplirla. Y contra más lo pensaba más sonreía.

Así fue, al cabo de un tiempo mi meta seguía igual de lejos, pero en el camino hacia ella, no dejaba de sonreír. Al final resultó que el puzzle se completó por casualidad, fuera de lo planeado, porque sonreír es la mayor improvisación del ser humano. Y aun así, cada segundo parecía haber sido ensayado toda una vida.

Aún ahora sigo sin dar crédito a que ocurriera así, sin embargo, tengo la grata sensación de ser libre y feliz desde entonces. La libertad me hizo disfrutar de lo que soy y de lo que quiero ser, y me devolvió la satisfacción y la confianza en mí misma que creía haber perdido.

Enviat per : Marina Morell
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Arriesgar la vida por un cuento de hadas

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Imagen extraída del blog Cuentos de hadas (Lidia)
Somos humanos, tendemos a olvidar las mejores enseñanzas. No aplicamos la simple lógica que ganamos viendo películas Disney, donde el perdón bastaba para reconciliarse, donde el amor podía todas las barreras posibles. Por supuesto, y no podía ser de otra manera, también olvidamos que los malos siempre terminan perdiendo.

Esos cuentos, dicen, nos mantenían alejados de la realidad. Por ello está mal visto que una mujer hecha y derecha se pase las tardes delante de su preciado VHS rememorando los diálogos de cada una de las películas de príncipes y princesas que siempre tenían final feliz. Sigo pensando que se equivocan. Las películas Disney, al igual que los cuentos de hadas, nos muestran precisamente lo que nos falta.

Sus moralejas hacen, de la mentalidad individual, un edificio con buenos cimientos y una viga central, el cerebro, capaz de aguantar el edificio entero. Vivir de los cuentos no es tan malo, incluso creo que es digno de admiración. No me juzguéis, creo sinceramente que arriesgar la vida por un cuento de hadas es lo más sensato que puede salir del corazón de un humano por esa misma razón, porque sale del corazón.

Llamadme infantil, pero sin el Rey León nunca hubiera aprendido literatura (para quien no lo sepa, el Rey León está basado en la obra de Shakespeare: “Hamlet”); sin Tod y Toby, no hubiera aprendido que la diferencia de razas no hace de uno ‘el cazador’ y del otro ‘el cazado’; y sin Balto, no hubiera aprendido jamás a tener devoción por ayudar a los demás.

A estos ejemplos, les siguen infinitas historias como Aladdín, que me enseñó que pedir deseos debe ser algo concreto y limitado; la Sirenita, que me inculcó interés por otros mundos; Toy Story, que reafirmó el cariño especial que le tengo a cada uno de mis peluches; o incluso 101 Dálmatas, que aumentó mi afecto hacia los perros y me explicó que ellos son los más fieles amigos del hombre.

Como iba diciendo, el mundo de los cuentos es fantástico, no es real. Y por ello mismo deberíamos aprender de todas y cada una de esas historias: porque no importa el color de tu piel (Pocahontas), no importa si te pareces, o no, a la manada (Tarzán), y no tiene ningún tipo de importancia que tu aspecto se aleje de lo cotidiano, si tienes un corazón de oro (La Bella y la Bestia).

Y sí. Cuando forme una familia, mis hijos verán todas esas películas en VHS, aprenderán a valorar desde pequeños todo lo que esos cuentos aportan, y comprenderán, conforme se hagan mayores, lo que realmente querían explicar esas películas. No hay mejor moraleja que la de aprender sin ser conscientes, y la de ser conscientes de lo aprendido.
Enviat per : Marina Morell
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Escalera a la luna

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Imagen extraída de Flickr (Meriphilia condenada)



Poco a poco, la niña ha subido los peldaños de la vieja escalera hacia la luna. Como tantos otros, ella se ha cansado de verla desde lejos, de no disfrutar de las nubes, de estar siempre en el suelo. Se le ha estropeado el vestido de ‘buenas noches’ en el intento, se le ha rasgado la pequeña tela de la magia y se le ha caído algún que otro sueño de cristal desde las alturas, pero con sus debidas pausas, y a ritmo de princesita de cuento, ha llegado al punto clave de belleza: donde acaba el sueño real y empieza la realidad de ensueño.

Dulces sueños, princesa...
Enviat per : Marina Morell
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