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Velas por bandera

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Imagen extraída del blog cuantabondad.blogspot.com (Argan)
Lo difícil no fue arriar las velas de la humildad, ni fijar rumbo
a mis propios acantilados.
No fue precipitarme a la cubierta de mi vida,
ni definirme a medias tintas entre el babor o el estribor
de mi navío a la deriva.

Lo difícil no fue saquearme por dentro,
o perder ante mí misma,
o coserme las heridas a diestro y siniestro.
Lo difícil no fue acorazarme entre cañones,
ni quemarme en un mar ahogado de indecisiones.

Lo difícil no fue herirme combatiendo por mis metas,
ni balancearme por la tabla de los miedos,
ni aprender, si quiera, a soñar despierto como suelo hacerlo.
Lo difícil no fue marcar el no lugar por rumbo,
sino soltar el timón, dejarlo abandonado.

La complicación estaba en dejar a Fortuna soplar
mis lonas negras a contracorriente,
hacia la punta opuesta de mis intenciones,
sin argumentos sólidos de por medio,
sin declaraciones rutinarias. Dando palos de ciego.

Lo difícil, ciertamente, no fueron ni el saqueo, ni la derrota
ni el rumbo, ni los miedos.
Lo difícil, quien quiera entenderlo,
fue sentirme pirata
en un mundo monótono. Y austero.
Enviat per : Marina Morell
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¡Al diablo con las musas!

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Imagen extraída de www.bersmi.ru
Fuiste la musa más puta de todas. La abeja reina del enjambre que llevo dentro, la miel y a la vez el veneno de mis divagaciones. El acorazado estrella de mi pesar. Fuiste la nota discordante en todos mis pentagramas, el recio aroma a olvido por las mañanas, las canciones que siempre dejo inacabadas en la espalda de los cometas que aspiran a caerme encima. Fuiste, por excelencia, la poeta de las malas lenguas: a medias, la parte más dolorosa de la melancolía y la parte más odiosa de la verdad. Fuiste el lobo de mis entrañas, la víspera de mis heridas sazonadas con sal, pimienta y espadas, el vaticinio de la locura que arraiga en las patas de mi escritorio. Fuiste el desván de mis recuerdos vagos, el arrecife de canciones que todavía no te he cantado, y todo aquello que ya no vendrá. Sé con certeza que fuiste por lo menos tres veces los arañazos de mi espalda; en nueve de cada diez ocasiones, el olor de mi almohada; y en infinitos momentos, los incendios que llevo dentro. Fuiste la indudable alegoría del recuerdo, un solo verbo con evidencias prematuras de fugacidad.
Enviat per : Marina Morell
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La mujer trueno

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R. Janibey (2013)
Era uno de esos días en los que todo se ve del revés. Recuerdo el cielo cómo lloraba, y lo muy empapada que venía de intentar consolarle. Me refugié en uno de esos bares con nombre poco original, pero en los que te reciben más amigablemente que en cualquier restaurante de renombre. Dejé el abrigo empapado en el colgador y me senté en una de las mesas que daba a la ventana. Al poco tiempo se me acercó un joven.

– ¿Qué va a tomar hoy, señorita? – preguntó el camarero.
– Tomaré un – y en vez de mirar la carta me dio por levantar la vista – café… – respondí boquiabierta. Aquello que vi, juro por Zeus, no lo he visto nunca más en la vida. Era una mujer trueno. Una señora mujer trueno, allí donde las haya: tenía llena de reproches el alma, carencia de caricias en el pelo, noches enredadas en la espalda.

Sentí pararse el tiempo, aunque las manecillas de mi reloj siguieran avanzando. El camarero había olvidado mi café y yo también. Había estado contemplando a esa mujer algo más de cinco minutos, pero ya me parecía conocerla como me conozco a mí misma los días de tormenta. Estaba desbordada, como un nubarrón de pensamientos a punto de calarte los huesos, como un rayo devastador al que le da miedo ser su miedo más temido.

No podía evitarlo, era mirarla y ver cómo le llovía por dentro. Podía ver cómo iban goteando a mares los desechos de palabras que tenía atragantadas en la memoria: “razones”, “por qué” y otras ya ilegibles, que envenenarían a cualquiera capaz de sentir y padecer. No era cuestión de fijarse, es que a esa mujer era capaz de leerle las entrañas sin mayor esfuerzo, y de contarle las telarañas que tenía entre las costillas y el corazón.

No me había dado cuenta hasta entonces, pero la mujer se había percatado de mi mirada indiscreta y me había dedicado una larga sonrisa que me sacó de mis casillas: ¿cómo una mujer trueno, tan deshilachada ella por dentro, era capaz de aguantar semejante tormenta interior y seguir sonriendo? Lo que no sabía, y que sin embargo aprendí con el tiempo, es que sólo otra persona de alma descosida es capaz de ver las tormentas de los demás. 

Ahora el recuerdo de su sonrisa se me contagia los días en los que me llueve dentro, porque gracias a ella entendí que todos estamos hechos de demonios, y que lo valiente no es aguantar, sino luchar hasta vencerlos, y vencernos a nosotros mismos por el camino.
Enviat per : Marina Morell
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